sábado, 31 de enero de 2009

La invención de una nación


La invención de una nación. Washington, Adams y Jefferson.
Gore Vidal
Editorial Anagrama. Barcelona 2004.
Traducción de Jaime Zulaika.
Leído durante la campaña electoral Estados Unidos, 2oo8.


Hay que reconocer que Estados Unidos tuvo mucha suerte de contar con Washington, Adams, Jefferson y toda la tropa en los días de su fundación. Fue uno de esos momentos de inteligencia colectiva de los que tanto se benefician las naciones (Atenas, siglo V a.C, Italia siglo XVI, quizá España de la Transición). Pero no es menos cierto que Washington, Adams, Jefferson y toda la banda también tuvieron mucha suerte de contar con una tierra fresca y por arar, una comunidad pequeña y manejable de propietarios, tan sólo unos indios por someter, y donde nadie cuestionaba la esclavitud. Leyendo este anecdotario de los años principales escrito con sorna por Gore Vidal estos granjeros ilustrados y abogados listísimos nos dan envidia. Debe de ser una gozada echar la noche discutiendo en cenáculos exquisitos si sería mejor crear una república o una monarquía, o una federación o una confederación, añadiendo o quitando comas a la declaración de independencia. En Europa en cambio madrastra historia enseñando los fauces. La revolución americana fue una convención de rotarios al lado de la bestial revolución francesa. Gore da la clave al final del libro: “El tiempo. Les sobraba tiempo. Pasaban el invierno en su granja. Leían. Escribían cartas. Parece ser que pensaban, algo que ya no se hace… en la vida pública” A Europa le sobraba historia. Toda la literatura de la Independencia americana se queda un poco en farfolla cuando uno recuerda que se trataba de no pagar un impuesto sobre los sellos. Menudo tirano Jorge III. Todavía hoy Estados Unidos sigue siendo esa parcela por arar: es ahí donde casi todo está por ocurrir. Qué envidia. Termino de leer este librito después de un paseo solitario por Bruselas, tomando tarta en el Arcadi. Aquí también se inventa una nación, no con la pluma de los ilustrados, sino con la prosa de los notarios.